Una vida cualquiera. Por Gabriela Wiener.

Foto de Paul Vallejos

Una vida cualquiera

Llegamos de Lima a un piso con doce personas y un solo baño en Pla de Palacio. Progresamos. Pudimos subalquilar a un alemán un piso de 20 metros cuadrados en Sagrada Familia. Nos mudamos al barrio más aburrido de Barcelona para tener a Lena. La Ronda de Guinardó. Luego descubrimos que detrás de la nevera había un nido de cucarachas. Eran miles. Clarice Lispector hubiera escrito muchísimos libros en mi casa. Él se quemó los antebrazos sirviendo paella. Yo metí nombres en una base de datos de la Asociación de Veterinarios de Cataluña. Yo lloré en el baño de la Asociación de Veterinarios de Cataluña. Fui becaria a los 30. Fui a muchos cócteles literarios. Demasiados. Escribí por dinero, todo, hasta el horóscopo sexual. Y nunca había oído la palabra “decolonial”.


Por eso seguí corriendo detrás de Europa, detrás del boom, detrás de Bolaño, detrás de una obra, detrás de Babelia. Por un piso, por papeles, por dinero, por prestigio. Y un día por fin pude volver a ser periodista y escritora y alquilar un piso en el Raval. La calle Carmen está al lado de la Boquería. Podía ver a los turistas desde mi water. Yo nunca había oído la palabra gentrificación.


El piso nos costaba mil euros. Un maldito montón de dinero. Pero lo valía. Teníamos lavaplatos. Invitábamos a Caparrós a comer ceviche. Mi hija tenía una habitación llena de juguetes bonitos y hablaba en catalán. Mi baño era tan grande que mis amigos se drogaban en él de cinco en cinco. Y el walkingcloset, oh, podía verme de cuerpo entero. El colegio de Lena quedaba a dos calles de allí. Justo al lado de nuestro bar favorito. El Benidorm. Podíamos salir del bar y llevarla al colegio. O salir del colegio y llevarnos al bar. Me emborrachaba hasta enseñarle las tetas a Javier Calvo. Podíamos ver a dos metros bajo tierra durante seis horas seguidas. Una vez vino a visitarnos una amiga mexicana y nos pidió que la atáramos. Una vez follamos con una de las mamás del colegio. Me pasé un año chateando con otro. Conseguí una agente literaria. Y hasta comimos fondue de queso barato. Era todo tan Barcelona. Y eso que yo odiaba la palabra aspiracional.


Pero queríamos más. Fui tentada por el diablo y acepté trabajar en una revista femenina. Nos mudamos a Madrid. Al lado del Congreso. Podía ver a los diputados desde mi water o quizá estaba mirando fijamente el fondo de mi water. Los helicópteros nos sobrevolaban todo el día. Y supe lo que era una crema Chanel. Una mujer peruana me limpiaba la casa, como en Lima. Una mujer peruana limpiando la casa de otra mujer peruana. ¿Había llegado? Para ir a las fiestas autogestionadas en Carabanchel, dejábamos a Lena con su canguro, una chica guapísima que pedía sushi. Era tan madrileño todo. Soñé con traducciones de mis libros, con el Hay Festival. Un día dejé la revista femenina para ser plenamente feminista. Me abrigué al calor de esas mujeres. Fuimos una. Denunciamos al machito anarquista. Pero en el colectivo me dijeron: tú no; en las manis feministas me dijeron: tú no. En un hilo de Facebook me dijeron tú no. Hasta entonces no había oído la palabra interseccional.


Como ya no tenía plata, dejé también el centro por la periferia. Crucé el río, ya no corriendo, sino caminando, y me mudé a un taller mecánico que reconvertimos en vivienda. Por la mitad de precio teníamos jardín a diez minutos de Lavapiés. No pinchamos la luz. En lugar de tres fuimos cuatro y luego cinco. Me creí una celebridad del amor libre. Pero seguí muriéndome de celos. Tuve un hijo colectivizado. Podía ver la revolución desde mi water. Varias veces acompañé a mis amigas a okupar. Me compré a precio libre el Manual de la okupación. Pero nos pillaban o nos desalojaba Carmena. No entendía nada. Intentamos hacer un nuevo 15M y nadie vino. Intentamos vivir de la autogestión pero en realidad la autogestión vivía de nosotros. Y el vómito es contagioso. Arcadas desde dentro del sistema. Llantos en la asociación de veterinarios. Pajas histéricas en Marie Claire. Mareos en Sant Jordi. Arcadas desde fuera del sistema. Ataque de celos en primavera. Golpe de calor en Vaciador. En la madre de todas las arcadas, sin embargo, parecemos resistir al desencanto, a la seducción de la decadencia. Si no vomitamos un poco, no es mi revolución.

[Gabriela Wiener es escritora y periodista peruana. Ha publicado los libros Sexografías, Nueve Lunas, Llamada perdida, Dicen de mí y el libro de poemas Ejercicios para el endurecimiento del espíritu. Sus textos han aparecido en antologías nacionales e internacionales y han sido traducidos al inglés, portugués, polaco, francés e italiano. Sus primeras crónicas se publicaron en la revista Etiqueta Negra. Fue redactora jefe de la revista Marie Claire en España. Escribe regularmente para Eldiario.es, Vice, El País y el contenido en español del New York Times, entre otros. Resslets books ha editado sus libros Sexographies y Nine Moons en Nueva York. Tiene una videocolumna en lamula.pe @gabrielawiener]

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