Raúl Zurita: “La poesía no puede sostener nada porque ella misma es el derrumbe, sin derrumbe no hay poema”

Foto de Pepe-Kino Torres, director del film No one uses Typewriters anymore sobre el poeta Raúl Zurita

Antes que todo, queremos decirle que es un honor contar con usted para el tercer número de esta revista dirigida por los estudiantes del Ph.D. en Literatura y Estudios Culturales de la Universidad de Georgetown. Y también, señalar que diversas personas ayudaron en la formulación de las siguientes preguntas como un ejercicio colaborativo de pensamiento, que es la idea que entendemos por “Plaza Pública”.

Plaza: Su obra trabaja, entre otras cosas, con el paisaje como soporte. Sin embargo, con las economías extractivistas es el paisaje el que es extraído, socavado. Y a su vez, también observamos esta extracción en lo humano, en nuestros cuerpos consumidos. ¿Cómo sostiene la poesía el peso de estas ruinas sin derrumbarse?

R.Z: La pregunta es fascinante porque parte de un presupuesto que me parece equivocado. La poesía no puede sostener nada porque ella misma es el derrumbe, sin derrumbe no hay poema. Histórica y míticamente es así, del derrumbe de Troya emerge de entre sus piedras calcinadas ese hilo de voz apenas audible, ese hilo de voz de lo humano, que amplificada por el tiempo y por las infinidades de Troya que sobrevendrían, conocemos La Ilíada y La Odisea. La poesía no es consuelo, las ruinas del mundo son sus ruinas, y no lo es porque su existencia no es sino la prueba de una derrota inconmensurable, la tarea no era escribir poemas sino hacer del mundo algo decente. Las pandemias, la explotación demencial de los paisajes, son hoy nuestra Troya, de entre sus restos emergerán o no emergerán los nuevos cantos que una humanidad leerá o no leerá, que existirá o no existirá. No podemos saberlo, es tan difícil ver en la oscuridad total y uno ya está cansado. Tal vez, y solo tal vez, es posible también que la poesía, hija de todos derrumbes, sea la esperanza de lo que ha perdido definitivamente la esperanza. No lo sé, aunque habría dado mi vida y lo que me quede de vida por saberlo.

Plaza: Los paralelismos de su obra con la de Dante son muchos y muy conocidos. Dante parte con Vita Nuova, y desde el descenso al infierno en La Divina Comedia busca el paraíso. En cambio usted comienza con Purgatorio, que es el horror, pasa luego al Anteparaíso (casi paraíso, que representa una mirada esperanzada que, sin embargo no se concreta aún) y después, en la Vida Nueva, (donde esperaríamos la concreción de esa esperanza) vemos cómo la esperanza inicial se va llenando de sueños sin cumplir. El amor hacia Beatriz que profesa Dante es en usted el amor hacia la humanidad que pasa por el abanico del amor humano (el amor filial, el erótico, el étnico y así hasta el infinito). ¿Está, en su obra, concebido el amor como un desarrollo ad infinitum del amor Dantesco? En Zurita, ¿es la pasión por la humanidad “Dantesca”?

R.Z: De nuevo tengo la sensación de que nuestros subentendidos difieren, pero es lógico y eso me apasiona. La Divina Comedia no existe o, mejor dicho, dejó de existir cuando lo que le daba sentido deja de existir, esto es el cristianismo. La poesía no existe, lo que sí existe es su efecto y eso que llamamos LDC es una muestra de esto, y esto es porque a lo que alude es paradójico; es el máximo texto del cristianismo porque nos dice que ese sueño que se llamó cristianismo, que fue el sueño más enorme que conoció el mundo; el sueño de que era posible reinventar el amor, y que engendró las Bienaventuranzas y la Carta a los Corintios; dejó de existir. Es el poema de la humanidad entera y, al mismo tiempo, es el poema de la infinita soledad. Es eso. No sé si todos han tenido, como fue mi caso, una abuela italiana que te estuviera contando pasajes como cuentos de LDC desde que tenía memoria, por lo que mi pasión por ese libro es una pasión sentimental. Mi abuela fue alguien a quien yo adoré y esa es la gran salvedad; yo no puedo “amar” a la humanidad y desde ese amor “bajar” a los seres particulares y amarlos. Pero cuando tú amas a un ser concreto hasta más allá incluso de los límites de tu existencia, lo sé, lo sé íntimamente, amas a la humanidad entera. LDC tiene un Paraíso, pero ese Paraíso no existe porque Dante haya instalado allí a las legiones celestiales, ni por esa suma de teólogos y santos aburridísimos que lo pueblan estén allí, sino porque representó, y tal vez, quizás, exista la ínfima posibilidad de que continúe representando, ese amor que va más allá de los límites de tu propia existencia, que va más allá de la muerte. Eso es, en lo que he hecho, lo que quizás tenga un vínculo con LDC y que ha sido el intento de mostrar que el amor es aquella locura que es más profunda que la muerte. Es decir, el amor que sobrevive a la muerte del amor. Pero creo que eso es siempre así, que la única muerte es cuando se muere tu amor. En esta época asolada por el cataclismo ambiental y por la peste, la gran peste es la muerte del amor. Yo soy un cristiano ateo: la muerte por el virus es la muerte del amor, es Cristo diciéndonos adiós desde la cruz de esas infinidades de cuerpos, los nuestros, que desde el minuto en que nacemos fuimos devastando para que fuesen la cruz donde morimos. Y moriremos exclamando no Padre, padre mío, por qué me has abandonado, sino Amor, amor mío, por qué me abandonaste. Por qué me dejaste tan solo, tan solo que no puedo sino morirme.

Plaza: La “no imaginación” militar, de la banca y del latifundio, es el cimiento de la sociedad del “respeto”, donde quien posee la propiedad posee un “más” y asume un vínculo asimétrico. El respeto es a quien posee las armas, la tierra y el capital. No hay necesidad de imaginación sino de repetición: la moneda, la tierra o las armas. ¿Qué rol tiene la imaginación poética en el paso de una sociedad del respeto a una sociedad de la dignidad? ¿Qué significa para usted la “dignidad”?

R.Z: Creo haber respondido en parte a esto, al menos en lo que se refiere al papel de la poesía o de la imaginación poética que, para el caso, es lo mismo. La dignidad para mí es aquello que me permite abrazar y ser abrazado por otro sin vergüenza. La indignidad máxima es no poder abrazar a otro porque mataste a sus hijos.

Plaza: En entrevista para Pollera usted señala que el cruce de las miradas es un acto humano creativo. Esto es lo que se vio durante las masivas protestas latinoamericanas. En el caso de Chile, a partir de octubre, miles de personas “cruzaron las miradas”; hubo un mirarse de muchos y deseos de co-crear algo colosal: un país digno. ¿Cómo continuar construyendo en tiempos de pandemia donde existe un miedo a los otros?

R.Z: Que dos seres humanos se miren contiene todo el misterio, el esplendor, el horror y el milagro de la existencia. Evidentemente es algo que olvidamos siempre, hasta que de tanto en tanto un signo en particular, la visión de un rostro o del instantáneo cruce con la mirada de un otro en dos trenes en una estación de metro, o una gigantesca manifestación como la de octubre, nos muestra que el gran milagro (u horror) es que estamos vivos, que había infinitas posibilidades para que no fuésemos y sin embargo somos. Los poetas (o todos quienes presumen de serlo), pueden tener la visión, pero no tienen la vista. ¿Sobre los cómo? Sabemos que las profecías solo se entienden cuando se cumplen. Los poemas, porque son hijos del derrumbe, lo saben todo sobre el pasado, el presente y el futuro, pero al igual que el mito de Casandra que también lo sabía todo, su condena es que nadie los escucha, y quienes menos los escuchan son esos seres ciegos que, desde Homero hasta el admirado ciego argentino, les tocó escribirlos.

Plaza: Para Gabriel Giorgi, la antipolítica cree que lo que “hace vivir” (la fuente de vida) es el capital y no la red colectiva de lazos y de dependencias mutuas entre las personas. Hoy vemos cuerpos empujados a la muerte y cuerpos empujados a la vida. ¿Cómo salvaguardar los derechos humanos cuando la antipolítica cree que no hay vida fuera del capital?

R.Z: Los poetas son seres ciegos, sordos y mudos, cuya única compensación es estar liberados al menos de una culpa: de la culpa de los fatídicos cómo.

Plaza: Para los surrealistas, el lenguaje poético debe ir hacia un lenguaje inocente, hacia el lenguaje de aquellos dioses que van creando mundos con sus palabras, que unen el decir y el hacer, el decir y el sentir, el decir y lo esencial que hay tras el decir. Esto podría entenderse como el retorno de la fuerza de la palabra al ser humano y, en ese mismo sentido, es ya un hito que quien a usted lo escucha declamar se conmociona con la fuerza conmovedora de su voz, llegando a traspasar el umbral entre la dialéctica y la esencia del poema. ¿Cómo vive usted esa fuerza?, ¿cómo la habita?, ¿cómo se relaciona usted con ella?

R.Z: Sinceramente no lo sé. No sé si es fuerza, como dices, o si traspaso algo o no. Cuando leo yo no pienso, cuando leo es la voz la que piensa.

Entrevista colectiva hecha por: César Salgado, Zenaida Suárez, Aned Ladino, Fabricio Estrada, Fernanda Martínez, Maude Havenne, Rodrigo Véliz, Natalia Chávez.

[Raúl Zurita (Santiago, 1950), prolífico poeta y artista visual, considerado uno de los poetas vivos más importantes del español. Entre su obra, destacan los libros Purgatorio, Anteparaíso, Canto a su amor desaparecido, Nueva Vida, INRI y Los poemas muertos. Ha sido reconocido con la Beca Guggenheim (1984), el Premio Nacional de Literatura (2000) y el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2006), entre otros. Su obra ha sido ampliamente traducida]

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