Marco Avilés: Cómo cantar “los pollitos dicen” en quechua

Marco Avilés: Cómo cantar “los pollitos dicen” en quechua

Estos son mi papá y mi mamá durante un viaje a Lima, donde pasaron unos días después de casarse. Ambos eran andinos y bilingües. Hablaban quechua y castellano. Él era de Huancarama, Apurímac, tierra de carnavales alegres. Ella, de Qapaqmarca, Cusco, tierra del takanakuy. ¿En qué idioma se enamoraron? ¿En cuál se decían te quiero? ¿Kuyakuyki, Zoilachallay? ¿Kuyakuyki, Isaurocha?

Son cosas que nunca sabré aunque me gusta pensar que hablaban mucho en quechua, ese mismo idioma dulce en el que ahora, cuando ellos ya no están, comienzo a balbucear como bebé cosas que debí de haber aprendido hace décadas. Cosas que ellos debieron haberme enseñado.

-¿Maymantan kanki? (¿De dónde eres?)

-Ñuqa Abancaymantan kani. (Soy de Abancay)

Y, mientras aprendo ese idioma en clases virtuales a las que me he matriculado durante la pandemia, día y noche persigo a mi esposa con flechas de amor gramatical:

-Sunqu, corazón; sunqucha, corazoncito: sunquchallay, mi adorado corazoncito.

Mis padres tuvieron cinco hijos. Ella murió en un episodio triste que cuento en mi libro De dónde venimos los cholos. Mi padre, ya viudo, y mis hermanas migramos a Lima a inicios de los años ochenta. Yo tenía poco más de dos años, cuando llegamos a Zárate, en San Juan de Lurigancho, el distrito donde más quechua se habla en el Perú; y entonces este idioma todavía se respiraba en la casa. Mi padre me cubría con la frazada al hacerme dormir y me decía quñicha. Mi ombligo era puputi. Mi pene, urpi.

Pero no aprendí mucho más o no recuerdo mucho más porque el Quechua dejó de hablarse en casa como si el gobierno lo hubiera prohibido por ley. A veces, cuando recibíamos visitas, los adultos se apartaban, apartaban a los niños, ponían una caja de cerveza en el centro y, mientras se turnaban bebiendo del mismo vaso, instalaban una burbuja lingüística infranqueable donde hablaban ese idioma clandestino que los niños no podíamos entender.

¿Nos estaba protegiendo? El bullying en la escuela era brutal. Bastaba que tu acento evidenciara tu origen para que la experiencia de aprender ma, me, mi, mo, mú, se convirtiera en la experiencia de no querer abrir la boca. Detestabas ese idioma secreto que te hacía hablar así, mezclando la e con la i, la o con la u. Y entonces la cirugía cultural que los adultos practicaban, cortando las raíces del quechua, impidiendo que los niños se contaminaran con el quechua, cuidando que el quechua no nos malograse la pronunciación, y de paso evitando que los nietos hablásemos con los abuelos, como si estos tuvieran una enfermedad que nos contagiaban con solo hablarnos; todo eso parecía tener mucho sentido aunque no lo tuviera. Matar la lengua era una rutina que se practicaba en la mayoría de nuestros hogares inmigrantes.

Y así pasó. A inicios del siglo XX una de cada dos personas hablaban Quechua en el Perú. Un siglo después, solo una de cada seis. La desaparición del Quechua parecía un fenómeno inevitable, como la extinción de tigres, consecuencia de una modernización en guerra con la diversidad. ¿Pero saben qué, taitallay Isauro, mamallay Zoila? Quiero contarles que en verdad esta historia no termina así. En verdad, el quechua no se borró de mí. Está dentro, en alguna parte, en muchas partes. Y lo estoy recuperando, palabra a palabra, en una rutina diaria que incluye ir a clases, oír música y  también cantar canciones como “Los pollitos dicen”, imaginando que estamos en un lugar tranquilo, y que ustedes me escuchan:

“Chiwchikuna minku:

chilaq, chilaq, chilaq.

Yarqaywan kaspanku, chiriwan kaspanku.

Wallpaqa maskan

Sarata, triguta

Mikunata qun, qataytapas qun”.

 

[Marco Avilés (Perú, 1978). Periodista. Cholo. Inmigrante. He publicado los libros No soy tu choloDe dónde venimos los cholos y Día de Visita. En otra vida dirigí las revistas Cometa y Etiqueta Negra. Soy estudiante en el doctorado de Hispanic Studies – University of Pennsylvania. Vivo entre Estados Unidos y el Perú junto a mi esposa y un perro peruano sin pelo.]

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