El testimonio y la crónica como agentes de producción de la memoria histórica del “Pulgarcito de América”. Por César Salgado

El testimonio y la crónica como agentes de producción de la memoria histórica del “Pulgarcito de América”

Los testimonios de supervivientes, guerrilleros, soldados, reporteros y civiles que surgieron en El Salvador durante y después de la guerra civil entre 1980-1992 son esenciales para entender los conflictos bélicos desde las perspectivas de quienes vivieron esta etapa, y también necesarios para la producción de memoria histórica. Analizaremos el testimonio de Rufina Amaya, la única superviviente de la matanza de El Mozote, y las crónicas periodísticas de Mark Danner y Carlos Henríquez Consalvi incluidos todos en Luciérnagas en El Mozote, de 2008. El propósito del presente estudio es describir y analizar el espacio de comunicación que crean estos géneros literarios de múltiples voces, el cual funciona como agente para contribuir a la producción de la memoria histórica en El Salvador. Esto nos permite argumentar que la memoria histórica es inseparable de ese espacio de comunicación colectiva que surge entre el testimoniante y el testimonialista en ambos géneros literarios.

La guerra estalló, señala Martín-Baro, el “10 de enero de 1981, a las cinco de la tarde [cuando] fuerzas insurgentes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional de El Salvador (FMLN) atacaban simultáneamente diversas guarniciones y poblaciones del país, comenzando así una ofensiva armada en gran escala” (17) y concluyó, según Kokotovic con la negociación de los Acuerdos de Paz el 16 de enero de 1992 (31). El costo de esta guerra fue, según los cálculos de Sierra Becerra, “de 75.000 muertos y 8.000 desaparecidos” (10). A pesar de que muchos de estos difuntos fueron víctimas de los excesos perpetrados por parte de los dos bandos, en el bando de la guerrilla no existe una documentación histórica que lo acuse como perpetrador de alguna matanza como sí existe con respecto al ejército. Como ejemplo de ello, una masacre que ha salido a la luz por las atrocidades cometidas contra los campesinos fue la matanza de El Mozote, dirigida por el Batallón ATLACATL, el bando de los soldados, (Kirch 329) al principio de la guerra, el 11 de diciembre de 1981, tras la cual “casi nadie tuvo un entierro”, como menciona Rufina Amaya en su entrevista con Jorge Ramos (“El Mozote” 00:02:15).

En Latinoamérica el género testimonial empezó en 1960 con la novela Biografía de un cimarrón (1966), de Miguel Barnet, en donde se muestra al público el testimonio histórico-cultural en Cuba desde la perspectiva de un esclavo, desde la colonia hasta la Revolución. Este modelo sirvió como forma de transmitir una denuncia social a través de la literatura ante las injusticias que sufrió una determinada nación. Es por esto que Barnet define el género testimonial como “un documento a la manera de un fresco, reproduciendo o recreando aquellos hechos sociales que marcaran verdaderos hitos en la cultura de un país y que los protagonistas de la novela testimonial debían de referirse a los mismos, jerarquizando, valorizando o simplemente con su participación en ellos dándolos a conocer” (Barnet en Machtig 12). Natalia Tabón menciona que el testimonio “trae historias desconocidas, contestatarias e invisibilizadas en los medios de comunicación y la academia, para canalizar la atención de la sociedad a esas personas y regiones olvidadas” (45). Ambos escritores nos brindan la idea de que es el letrado quien se encarga de que esas “historias invisibilizadas” que existen en la historia de un país se den a conocer por medio del género literario del testimonio. Este último punto lleva a que nos detengamos en John Beverly, ya que él propone que “un testimonio es una narración [ … ] contada en primera persona por un narrador que es a la vez el protagonista (o el testigo) de su propio relato… [que nos cuenta] su vida o una vivencia particularmente significativa, la cual siempre involucra una experiencia vivencial de represión, pobreza, explotación, marginalización, crimen, lucha” (9).

Por otro lado, García y Martínez Aguinagalde definen la crónica periodística como:

Un género claramente identificado dentro del periodismo informativo por el hecho de basarse en la noticia, ya que sin ésta pasaría a ser un relato histórico o un artículo valorativo. Otros afirman que la crónica es el más interpretativo de los géneros periodísticos. Ninguna de las dos visiones es completa. Aunque es un género que contiene una inequívoca faceta informativa, tiene algo más que pura información, ya que su identidad está determinada por la interpretación y valoración de lo narrado. Por ello puede considerarse un género ambivalente, en tanto que es información, pero también interpretación, es decir, un género mixto entre el periodismo informativo y el periodismo de opinión. (Cit. en Yanes Mesa 2)

Con tal definición se puede interpretar que este género periodístico contiene una estrecha conexión entre, por un lado, la producción de una fuente informativa y por otro, una fuente de interpretación. Es decir, los episodios que son parte de un acontecimiento (información) y las opiniones (interpretaciones) que surgen de este forman parte esencial de este género periodístico. Es una combinación de elementos entre la noticia y el reportaje, puesto que ambos están estrechamente entrelazados y se transportan de igual manera a la literatura, ya que un ser o seres son los principales actores, pero luego alguien más contará la historia a través de un texto escrito. Dicho de otra manera, este género es un agente de información e interpretación de hechos, en este caso de la guerra y la matanza de El Mozote, para que se conozcan dichas atrocidades. En la crónica periodística, la voz del letrado conversa con la voz del no letrado (aunque no es necesariamente una conversación física, sino literaria) sobre una determinada etapa en la historia.

Luciérnagas en El Mozote de 2008 está compuesto por el testimonio “Sólo me embrocaba a llorar” de Rufina Amaya, la única superviviente de la matanza de El Mozote, y por crónicas periodísticas, la primera “La verdad sobre El Mozote” de Mark Danner y la segunda “Luciérnagas en El Mozote” de Carlos Henríquez Consalvi. En este libro existen dos géneros literarios (testimonio y crónica) en los cuales todas las voces se complementan una a la otra para brindar el mismo mensaje. No obstante, en este caso tenemos que empezar por la primera voz, la voz de Rufina. Cuando sucedió la matanza de El Mozote, la primera voz que existe es una voz en sí misma. Por ejemplo, ella menciona en su testimonio mientras huía por los montes de la zona, lo siguiente: “me he librado de aquí y si me tiro a morir no habrá quien cuente esta historia” (17). Este instante es clave para el testimonio porque aquí surge el testigo, Rufina, esencial para el género testimonial, como mencionó Beverly.

Según su testimonio, el primer contacto comunicativo que tuvo con otra persona sucedió una semana después de los hechos sangrientos, cuando una niña que iba junto a su madre Matilde, amiga de Rufina, de camino a “traer el maíz a esa casita donde [Rufina durmió por 8 días]” la encontró. Las primeras palabras que surgieron entre ambas fueron “¿cómo fue Rufina? ¿qué pasó donde nosotros? ¿Y mis hermanos? Lo que yo le puedo decir es que a toditos los mataron” (19). El segundo contacto, fue cuando “los guerrilleros me encontraron [y] se alegraron de que por lo menos hubiera una sobreviviente. Todos me rodearon y me abrazaron. Yo no sabía qué estaba pasando […] fu[i] llevada a El Zapotal y entrevistada de inmediato en la Venceremos” menciona Rufina en el apartado “Los primeros reportajes”, de la crónica periodística de Danner (83).

Sin embargo, por un lado, lo único que pudo ofrecer Matilde a Rufina fue un abrazo, una compañera para llorar y un hogar, afortunada o desafortunadamente. Por otro lado, los guerrilleros le brindaron protección, puesto que era para ellos un elemento fundamental que comprobaba la inocencia de la guerrilla y la culpabilidad del ejército en dicha masacre. No obstante, es justamente con el segundo contacto que además de proteger su vida, también se empieza a construir el circuito de comunicación entre una audiencia de gran escala y la voz de Rufina, ya que fue aquí cuando brindó su primer testimonio de lo ocurrido aquel 11 de diciembre de 1981 y que “fue transmitid[o] a todo El Salvador” por medio de la clandestina, Radio Venceremos (Amaya, Consalvi y Danner 83). Cabe mencionar que fue en esta entrevista en la que Carlos Henríquez Consalvi, conocido como “Santiago”, conoció a Rufina, y desde entonces surgió un interés profesional con ella, el cual en 1996 se verá reflejado en el libro Luciérnagas en el Mozote. Con esto es posible verificar que muchos salvadoreños escucharon la voz de Rufina en la radio dos semanas después de la masacre, y por ende, hubo gente que la creyó, y, aunque de manera limitada, empezó así a formarse el circuito de comunicación que serviría para la producción de la memoria histórica del país décadas más tarde. Por supuesto, fue esta entrevista, de una u otra manera, la que empezó a despertar cierto interés por Rufina y su testimonio. Es decir, Rufina, su voz y la radio provocaron una conversación entre guerrilleros y soldados, entre civiles y culpables, y como resultado nadie pudo dejar de hablar de aquel hecho, independientemente de si era verdad o mentira. De una forma u otra se seguía hablando del tema y esto provocó una intervención internacional.

Esta actuación de rango internacional provocó que el círculo de comunicación continuara ampliándose con múltiples voces, las cuales van surgiendo según transcurre el tiempo. Esto proporcionó las herramientas para que la voz de Rufina se empezara a difundir con mayor credibilidad para aquellos que tenían dudas pero, sobre todo, estas personas internacionales, desde su condición de letrados, facilitaron que su voz se difundiera con más intensidad y rapidez en una audiencia nacional y global, lo que permitió que el testimonio de estos hechos sangrientos se continuara expandiendo cada vez más. Este último punto se confirma cuando Rufina menciona:

Como a los quince días me tomaron una entrevista; me fueron a buscar al lugar donde estaba, porque se dieron cuenta que yo había salido. No puedo decir quiénes eran, pues yo no entendía en ese momento, pero eran personas internacionales. Después de que me tomaron esa entrevista fuimos a El Mozote para ver si yo veía a mis hijos. Vimos las cabezas y los cadáveres quemados. No se reconocían. El convento estaba lleno de muertos. Quería hallar a mis niños y solo encontré las camisas todas quemadas. (19)

De las personas a las que Rufina se refiere como “internacionales” se pueden mencionar al periodista de The New York Times (NYT) “Raymond Bonner, la fotógrafa Susan Meiselas, junto con Alma Guillermoprieto, de The Washington Post, [quienes] fueron los tres primeros miembros de la prensa estadounidense que escribieron sobre la guerra salvadoreña desde el lado de la guerrilla” (Amaya, Danner y Consalvi 87). El primer reportaje fue publicado solamente 44 días después de la masacre de El Mozote en The New York Times, redactado por Raymond Bonner, y titulado “Massacre of Hundreds Is Reported in El Salvador”, como se puede observar en la siguiente imagen:

Es por esa misma época cuando el periódico de NYT también publicó su reportaje que Guillermoprieto también “ya había hablado por teléfono con el editor internacional de The Washington Post, y juntos se las ingeniaron para ilustrar el relato con una foto de las ruinas de la sacristía, tomada por Meiselas. Dicha imagen fue publicada en primera página bajo el titular: “Campesinos salvadoreños describen masacre; mujer relata la muerte de sus hijos” a finales de enero del mismo año de igual manera que en NYT (Amaya, Danner y Consalvi 91).

Estos dos reportajes confirman que solamente seis semanas después de los hechos sangrientos la voz de Rufina ya había llegado a dos de las cadenas más importantes de periodismo en los Estados Unidos. Esto abrió las puertas para que el diálogo conformado por distintos miembros diera cabida para que nuevos integrantes se fueran incorporando en esta conversación, la cual se extendería a distintos ámbitos (judicial, antropológico, psicológico, político, social, etc.,) en Latinoamérica y alrededor del mundo. No obstante, se sabe que el testimonio de Rufina se dio a conocer desde un principio, sin embargo, como observa Alma Guillermoprieto, “la noticia de la masacre de [El Mozote] pasó casi inadvertida en El Salvador, y [Latino América] y una generación completa creció sin enterarse de lo que ocurrió en estas zonas aisladas por la geografía y por la ferocidad de la guerra” (12). Con esto se demuestra que la oralidad y la escritura se complementan, formando un circuito de comunicación que se va extendiendo, y como resultado también se va expandiendo el mensaje a una mayor audiencia.

La guerra terminó en El Salvador, pero las cicatrices quedaron en una gran parte de la población salvadoreña, porque el discurso que dominó en gran parte de las generaciones jóvenes fue el del poder. No obstante, hoy en día existen libros como Luciérnagas en El Mozote (2008) que ayudan a recordar la verdadera historia de las atrocidades y sufrimientos que muchos salvadoreños vivieron durante el conflicto armado. El que estos testimonios hayan pasado de la oralidad a la escritura es fundamental para brindar a las personas que vivieron las injusticias de la guerra en el “Pulgarcito de América” la importancia y reconocimiento que se merecen. Estos testimonios tienen el objetivo de su difusión, y de que sirvan como ejemplos para que no se repita una situación similar en las presentes y futuras generaciones. De igual manera, los testimonios dejan su legado para que se pueda escuchar su versión ante la versión oficial, que ha sido la principal causante de su olvido. Los testimonios, sean antiguos o nuevos, desde diferentes puntos de vista con distintos personajes, construyen una praxis social de propuesta de diálogo con la versión oficial de los hechos sin buscar culpables o inocentes, sino solamente para brindar el derecho a la palabra a las víctimas, y así lograr la paz, la justicia, el respeto y el reconocimiento entre los ciudadanos.

Bibliografía

Amaya, Rufina, Danner, Mark y Henríquez Consalvi, Carlos. Luciérnagas en El Mozote. Museo de la Palabra y la Imagen, 2008.

Beverly, John. Testimonio: On the Politics of Truth. University of Minnesota Press, 2004.

Beverly, John. “Anatomia del testimonio.” Revista de crítica literaria latinoamericana, vol. 1, no. 25, 1987, pp 7-16.

Guillermoprieto, Alma. Desde el país de nunca jamás. Debate, 2011.

Kirch, Jhon F. “Conflicting Narratives: Raymond Bonner, the New York Times and El Salvador in the 1980s.” American Journalism, vol. 32, no.3, 2015, pp. 329-354.

Kokotovic, M. “After the Revolution: Central American Literature in the Age of Neoliberalism”. A Contracorriente, vol. 1, no. 1, 2003, pp. 19-50.

Ramos, Jorge. “Jorge Ramos entrevista a Rufina Amaya ‘El Mozote’”. Museo de la Palabra y la Imagen. 24 Enero 2014.

Machtig, Daniela, “El testimonio solitario de Rufina Amaya: mostrar lo que no se ve.” Istmo: Revista Virtual de Estudios Literarios y Culturales Centroamericanos, vol. 27, no. 28, 2013, pp 1-8.

Martín-Baró, Ignacio. “La guerra civil en El Salvador”. Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. 1991: 17-32. Biblioteca P. Florentino Idoate, S.J.

Sierra Becerra, Diana Carolina. “Historical Memory at El Salvador’s Museo de la Palabra y la Imagen.” Latin American Perspectives, vol. 43, no.6, 2016, pp. 8- 26.

Tabón, Natalia. “La realidad y la ficción del testimonio”. Texto, vol. 22, no. 30, 2008, pp. 43-65.

Yanes Mesa, Rafael. “La crónica, un género del periodismo literario equidistante entre la información y la interpretación.” Dialnet, Espéculo: Revista de Estudios Literarios, vol. 32, 2006, pp. 1-7.

 

LISTA DE FIGURAS

Fig 1. Massacre of Hundreds Reported in Salvador Village et al.; Raymond Bonner; New York Times. 1981.

Fig 2. Los campesinos salvadoreños describen asesinatos en masa et al.; Alma Guillermoprieto; Washington Post. 1981.

 

[César F. Salgado Portillo nació en Los Ángeles, California, pero pasó gran parte de su infancia en el país natal de sus padres, El Salvador. Actualmente, es estudiante de doctorado en la Universidad de Georgetown, en D.C. Hizo su trabajo de pregrado en la Universidad de California, Davis (2016), donde se especializó en Relaciones Internacionales y Estudios Latinoamericanos. En el 2017 completó su maestría en Estudios Literarios y Culturales en la Universidad de Nueva York. Aparte del género testimonial y la crónica periodística, también le interesa encontrar nuevas formas de dar voz a comunidades minoritarias dentro y fuera de los EE. UU., por medio de la literatura. De igual forma está interesado en “Central America-Mexico-US Border Studies”, Estudios de Género y Sexualidad, teniendo a Centroamérica como su principal campo de estudio.]

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