Roberto Valdivia: “las burbujas de opiniones son lo contrario a una comunidad reflexiva”

Antes que todo, queremos agradecerte por acceder a participar en el cuarto número de esta revista dirigida por los estudiantes del Ph.D. en Literatura y Estudios Culturales de la Universidad de Georgetown. Y también, señalar que diversas personas ayudaron en la formulación de las siguientes preguntas como un ejercicio colaborativo de pensamiento, que es la idea que entendemos por “Plaza Pública”.

Plaza: Respecto a una idea de nueva poesía peruana, has hablado (en tu artículo Lo Sentimentalito vs el mundo) sobre cómo los poetas ahora utilizan referencias pop de la televisión y las películas, es decir, usan elementos no literarios en la escritura. Esto puede verse como mecánica similar a la de la de otras corrientes poéticas -por nombrar un ejemplo, la primera etapa del modernismo- en las que los poetas se valen de referencias de pinturas, esculturas y mitos produciendo una sedimentación de la “imagen de lo común”. El uso de referencias pop funciona como movimiento análogo de fijar las cosas en un mapa de símbolos. Considerando esto, ¿cómo crees que alguien del futuro podría reconocer esto como poesía?

R.V: Esta pregunta es bastante clásica y es el material más recurrente de discusión/pelea entre autores jóvenes de menos-30 y autores viejos post-30 (al menos en Perú). Si bien la mayoría de veces esto se resuelve en la indignación de unos por “la manera en que los nuevos escritores condenan sus obras a la transitoriedad de los artificios pop” y la queja de incomprensión y clasicismo de otros, creo que todo esto de lo pop asaltando las escrituras tiene que ver bastante con cómo procesamos ahora la realidad. En cómo podemos tener conversaciones y describir a personas de pies a cabeza utilizando alegorías sacadas de personajes de sitcoms o telenovelas… de cómo esa perspectiva pop hegemónica nos rodea dentro y fuera de nuestras cabezas.

Probablemente si autores como Kevin Castro o César Gutiérrez (en el caso peruano) utilizan referencias pop con tanta naturalidad es finalmente porque éstas funcionan. Claro, las referencias no pueden sobrevivir por sí solas en el texto. Recuerdo que hace unos años leí una antología de nueva poesía colombiana en la que la mayoría de los autores titulaba a sus poemas con nombres de memes del 2014. Revisar esa antología apenas unos meses después (el tiempo en que los memes mueren en internet) era ver esa crítica sobre la transitoriedad de las referencias pop en su máxima expresión. Los poemas se sentían ridículamente caducos, y en gran parte debido a que la mayoría de su “brillo” se debía a ser meros espejos de esos memes de 2014.

Pero dicho sea de paso, probablemente esos poemas ya eran caducos en 2014. Tal vez la crítica verdadera a una poesía pop, sería a esa que se base exclusivamente en sus referentes para dar sentido a sus versos. ¿No serían poemas así lo más parecido a spin offs poéticos mal diseñados, solo legibles de conocer los productos originales? En el caso de autores serios -Kevin Castro, César Gutiérrez- la presencia de todas estas referencias no son la razón de los textos. Los poemas no se escriben para decir Michael Jackson, Queen, Lady Gaga sino que estos referentes aparecen como añadidos para potenciar la expresión del poema.

Hace unos años una amiga me prestó un libro de poemas franceses de la edad media. La mayoría de ellos estaba cubierta de referencias a dioses y mitologías con las que yo no estaba familiarizado. Sin embargo, la escritura de estos textos -que no habían sido hechos para demostrar lo mucho que estos autores sabían de Cultura Pop Medieval (léase irónicamente)- podían mostrarse bellos sin necesidad de conocer sus referentes. Más allá de la confusión natural de encontrarte frente a un nombre nuevo, su legibilidad era posible. Estos símbolos en su tiempo debieron ser bastante populares y fueron principalmente usados porque “funcionaban” como cualquier otro cúmulo de simbologías que pueden usarse en un poemario, no necesitan una erudición de campo específica para leerse. Creo que la misma situación -la legibilidad de lo pop en los poemas- requiere asuntos de conceptualización como de técnica más que de cualquier otra cosa.

Plaza: En el manifiesto de poesía Sub25, hablas de la interiorización de una actitud anti comunista de escritores e intelectuales que se aferran a la institucionalidad literaria, a la que consideran como único espacio de valoración de la literatura. En ese sentido, en la literatura, la movida cartonera ha tenido históricamente una veta anárquica de descentralización y no acatamiento de esa institucionalidad. ¿Podría establecerse una relación entre esa movida y la literatura en el espacio virtual en cuanto a su materialidad y materiales -temas, plataformas, recursos, soportes-? ¿Es posible hablar de una similitud en la actitud más artesanal y “micro orgánica” de la poesía que no entra en las “vías oficiales” convencionales?

R.V: Probablemente el sentimiento anti institucional sea uno muy similar a la de esa línea de poesía independiente latinoamericana que viene de la tradición heredada de los mimeógrafos y que en la actualidad llegaría hasta los PDFs distribuidos en Internet. Probablemente, el lado más no-capitalista de estas apuestas, especialmente las de Internet, es que este compartir parte siempre de un punto muy lejano al emprendedurismo universal de “hacer algo para tener dinero”. Cuando esto sucede y florecen comunidades literarias en Internet, podrás reconocerlas por la fluidez en cómo sus creadores comparten y difunden tanto su propia literatura como la de sus colegas. Hay momentos en que esto se ve acompañado de, efectivamente, autores bastante interesantes artísticamente hablando y puedes encontrarte con escenas que no tendrían nada que envidiar en grado de pasión y emoción a otros paisajes de la cultura contemporánea.

Más que en una actitud artesanal (que no siempre es necesariamente una virtud), estos modos de distribuir literatura y hacerte de lectores es tan cercana y cotidiana que en realidad lo que hace sentir a los autores es que serán finalmente leídos, que lo que están haciendo tiene un sentido para los demás y no solo para ellos mismos (¿qué literatura es literatura si no es leída?). Que si ayer les parecía imposible ser publicados en algún punto de su vida en una editorial estilo Penguin Random House, ahora mismo pueden ser leídos mil veces en menos de 24 horas a través de una plataforma que al mismo tiempo eleva una sensación de comunidad que es el sinónimo de la “fiesta” en estas escenas.

Por supuesto, al estar contenidos estos productos literarios en plataformas de web 2.0, su éxito -que puede desligarse del éxito monetario- será medido por su popularidad… Algo muy capitalista (já). Esto eleva la importancia de una crítica que vaya a la velocidad de estas nuevas plataformas, de modo que no se pierda un sentido de valoración y mérito artístico. Probablemente la velocidad de autores que pueden ser leídos tremendamente en Youtube (por ejemplo, Lisa Carrasco, una poeta peruana, consiguió hace una semana 1100 visualizaciones en un videoclip de uno de sus poemas en menos de 48 horas) o en revistas virtuales, no tiene un equivalente en una crítica literaria, la cual es incapaz de alcanzar esas cifras todavía. Ese es un reto que las editoriales cartoneras probablemente nunca tuvieron que resolver. Sí, en este momento los autores independientes tienen la capacidad de ser leídos desde sus habitaciones como si fueran publicados en grandes editoriales, pero, ¿cuánto tiempo pasará para que el deseo de la popularidad por la popularidad extinga la pretensión artística para esos pocos letrados en Youtube?

Plaza: En tu reseña sobre La Lira de las Masas, Internet y la crisis de la ciudad letrada de Martín Rodríguez-Gaona, comentas sobre la distorsión de la sinceridad en un “sentimentalismo por el sentimentalismo”. Das a entender que la sinceridad parece ser uno de los atributos que, en un esfuerzo por definir y caracterizar a la poesía contemporánea, se asocian con la alt lit. ¿Qué es la sinceridad artística en tus términos?

R.V: Creo que tanto movimientos como la alt lit o lo sentimentalito, al posicionarse, derivaron en un deseo colectivo por parte de nuevos autores (aquellos que se inscribieron en los movimientos cuando estos daban sus últimos coletazos) de imitarlos de la forma más rápida y fácil posible. Y una mala lectura de lo sentimentalito o la alt lit deriva en replicarlos en modos más superficiales: autoreferencialidad, cursilería y referencias pop.

Peor aún, gran parte de la poesía en internet se mueve por un deseo de “poesía honesta” que ponga en el texto lo que el autor realmente siente. Creo que ese es un enfoque de sinceridad que no tiene mucho sentido artístico… Probablemente la sinceridad que aprecio es esa a la que se refería David Foster Wallace al oponerse a la literatura posmoderna de fines del siglo XX. Una literatura que sea capaz de decir abiertamente lo que cree sin temor a las acusaciones de cursilería o ingenuidad. Defender un punto de vista con las ramificaciones éticas que se originen a partir de este. En ese aspecto la sinceridad me parece una especie de fuego inacabable para la literatura, raramente no hegemónica en la Latinoamérica contemporánea (a pesar de su famosa pasionalidad). Por el lado de la poesía, se puede revisar cómo desde el año 2000 se dio inicio a un periodo de relevancia a cierta escritura entregadamente posmoderna (de hecho, posmoderna a más no poder), como por ejemplo la llamada poesía del lenguaje o la poesía conceptual, a medio camino entre la literatura y los ya acostumbrados nadaísmos del arte conceptual norteamericano. Lo opuesto a una literatura sincera.

La vigencia de la sinceridad puede resultar como una respuesta a un periodo excepcionalmente gélido para la civilización humana. ¿Sería exagerado afirmar que es hoy en día mucho más difícil expresar y conectar afectos verdaderos hacia otras personas que como era, digamos, hace doscientos años? ¿Y si es difícil conectar con otra persona, no será mucho más difícil encontrar el calor de las comunidades a las que el hombre ha acudido desde que habitaba las cavernas? Y una de las formas en las que la literatura puede responder al problema de la deshumanización de las relaciones humanas (no pun in…) es mostrando que detrás de esa sociedad extremadamente banal y su culto a la imagen y sus trivialidades en forma de televisión basura o internet basura existen humanos todavía, que siempre están llenos de algo y son capaces aún de conmoverse, amar y creer en ciertas cosas. Probablemente un libro que se la pasa durante cien páginas escribiendo poemas que diseccionan la frialdad y nuestro absurdo vivir consiguiendo cosas que no significan nada pueda ser ensalzado con una tesis (especialmente si tienes el dinero para un Ph.D.) que recalque lo “genial que es un libro que puede efectivamente diseccionar lo gélido del mundo en que vivimos”. ¿Realmente creen que en cien años leeremos a autores que “reflexionaron” sobre el mundo pop pegando en sus poemas referencias a cantantes del Top 40 del Billboard? O, por el otro lado, ¿que esa sea literatura que perdure en un compilado de poemas sobre nada que con ciertos juegos de inteligencia poeticen sobre esa larga nada?

Plaza: ¿Crees que la naturaleza de publicación de este tipo de literatura en medios que no pasan, necesariamente, por los filtros editoriales que posibilitan una negociación de significados fuera del autor (relación con el/la editor/a), incide en la imagen que proyecta la alt lit? En caso de que sí, ¿de qué forma?

R.V: Este circuito de escribir y publicar es tan fácil de seguir en internet que es probable que no solo dé la imagen de una literatura menos seria, sino que también puede que en varios casos efectivamente lo sea. Más descuidada, más dependiente del ojo de corrección del propio autor -que en los primeros libros es por lo general miope-. De ahí que probablemente la reacción académica a la sobrepoblación de publicaciones en internet sea una preferencia por los “autores discretos”, lo que sea que signifique eso.

También está el hecho de que una relación con un editor te da un tipo de prestigio. Algo que pasó en Perú es que un sector de los autores salidos de la escena sentimentalita acabó publicando en editoriales de “prestigio académico”, por llamarlo de algún modo. Algo que me pareció bastante cobarde y con un sentido tan marcadamente ceñido al Quiero ser un autor serio, que básicamente no tenía otro motivo. Es decir, si bien las editoriales tradicionales te pueden dar la sensación de ser un escritor (nuevamente, lo que sea que signifique eso), aparecer en ciertas notas de prensa, entrevistas, acceder a ciertos premios, etc., te da, al mismo tiempo, muy pocos lectores. Por el contrario, publicar en internet te da una difusión mucho mayor (totalmente desligada de los 300 ejemplares del tiraje de un poemario promedio), pero al mismo tiempo la tarea de hacerte un prestigio. Que ese libro que estás publicando pueda llegar también desde ese camino a una crítica de lectores especializados. Creo que en el sentido de crear comunidades y nuevas infraestructuras para la distribución de literatura, el segundo camino es mucho más necesario.

Plaza: La pandemia ha enrostrado al mundo que no todos tienen conexión a internet, que no todos pueden vivir el mundo digitalmente. Más aún, ha mostrado que también a lo que se accede depende de la censura del país de origen. Por otro lado, desde esta parte del mundo utilizamos Google, mientras la otra utiliza otros buscadores. Cuando hablas de literatura post-capitalista, del habitar lo virtual, de espacios liberados de la lógica neoliberal, ¿cómo piensas la desigualdad y la ilusión de democratización desde la tecnología? 

R.V: Es gracioso porque probablemente lo que esta pregunta dice entre líneas (lo de ¿por qué usar internet cuando…?) en todas sus variaciones es algo que he escuchado frente a frente como una especie de provocación al menos unas cincuenta veces en los últimos dos años (la última semana recibí un: “¿Cómo publicar en internet sin pensar en las comunidades amazónicas?”). Algo así como un símil de estar en una asamblea universitaria proponiendo lo que sea y que alguien te responda con un “Un momento, ¿has pensado en los niños de África?”. Actualmente, así internet no sea un medio universal, es el medio masivo que más alcance tiene de forma objetiva. Durante esta pandemia, mi trabajo como docente en una zona pobre de Lima se vio interrumpido por la cuarentena sanitaria. Cuando se procedió a averiguar una solución práctica para llegar a los alumnos, los resultados de las rápidas investigaciones en los directorios del colegio fueron inapelables: menos del 30 % de los alumnos tenía radio, solo el 50 % televisor y el 93% disponía de un acceso a internet en casa (desde un celular por lo general). Es por ello que la llegada de la institución educativa con sus alumnos fue mucho más práctica a través de internet y es el medio por el cual me comunico con mis alumnos a diario. Esa es la forma en que incluso en las zonas pobres de este país se está llegando al alumnado ahora mismo. Se debería voltear la pregunta a un ¿Por qué publicaríamos en papel a estas alturas cuando esto significa un mayor gasto en impresión, producción, transporte y, de hecho, un peso ecológico mayor que el de una publicación en internet? ¿Por qué optaríamos por un medio más lento y de difusión menor cuando internet es el medio más efectivo en este momento disponible para la civilización humana?

Por supuesto, no quiero ser naive respecto a internet y vestir estas palabras con un tufillo de utopista neo-positivista. Lejos quedó la época dorada de internet y su anonimidad en línea (a la vez de ser un recinto de efectiva libertad en sitios como 4chan o Reddit). El internet actual es uno altamente corporizado y oh, una mala noticia: esto no va a hacer otra cosa que empeorar más. Y el gran problema es que la web 2.0 se convirtió progresivamente en una máquina termonuclear de complacencia: las burbujas de opiniones son lo contrario a una comunidad reflexiva y por lo general acaban en caldos de cultivo de polarizaciones extremas que se traducen en repercusiones políticas y sociales irreversibles. Eso sin mencionar lo que ya anticipa la pregunta, las nuevas técnicas de censuras en internet entrometiéndose entre los algoritmos de los buscadores.

El problema a resolver para que existan intelectuales ilustrados en internet (influencer ilustrados) o una escena de intelectuales post-capitalistas en internet (libres de los sesgos clásicos de la relevancia de lo popular o lo más vendido), es el de no ser aplastados por su medio. Es decir, pueden revisar el caso de booktubers que empiezan a reseñar libros con la mejor intención, pero una plataforma como Youtube te considera relevante no por la calidad de lo que digas sino por las visitas que amases (y solo te da una remuneración monetaria por las visitas que atraigas a los videos que, por cierto, no deben contener ciertas palabras y temas polémicos enlistados en un enorme Códex). Esto empuja a los creadores, sin saberlo, a que sus contenidos respondan a una agenda. ¿Por qué un booktuber se interesaría por libros de pequeños escritores locales cuando pueden reseñar el best seller adolescente de moda? + ¿Por qué reflexionar honestamente sobre este libro cuando puedes leer una descripción sacada de Wikipedia? La pregunta sería entonces: ¿Es realmente este booktuber un creador independiente o alguien maniatado por la estructura del medio en el que trabaja?

El lugar que debería producir por excelencia influencers ilustrados debiera ser La Academia, uno de los pocos lugares donde no se rige exclusivamente por la lógica capitalista (sí, tiene muchos defectos, pero aun así). La popularidad o un bello rostro no son sinónimo de respeto o prestigio (y este deriva de los trabajos y proyectos académicos escritos = de sus argumentos, reflexividad y pensamiento). Sin embargo La Academia está lo más alejada de una posible revolución ilustrada en internet: aún considera a la cultura pop como basura sin contemplaciones y eso la limita para ser un actor en la discusión pública.

He mencionado anteriormente en artículos que el intelectual deberá ser alguien experto en las maneras en que funciona internet y su economía de la atención. A eso habría que sumarle un conocimiento mayor de cómo recuperar la anonimidad en línea. Si las protestas del futuro serán en internet, saber correr de los policías será saber cómo no dejar rastros en las webs okupadas. Esto significa que los intelectuales en un internet cada vez más controlado deberán ser capaces de descifrar sus códigos y ser hackers. Este es un punto 100% necesario para un activismo en línea efectivo y peligroso de verdad.

Plaza: Ezequiel Zaidenwerg, traductor y poeta, argumenta que el verso desregulado, el llamado verso libre, se ha convertido en una ortodoxia que tiene por correlato la desregulación financiera donde la reivindicación de las libertades individuales funda una sociedad de individuos que siguen el modelo de la empresa. ¿Crees que la idea de la “liberación” de la poesía de su soporte y de la tradición no es también una propuesta por una poesía free-market que, más que ser postcapitalista, reproduce la lógica del sistema neoliberal sin reparar en las capacidades adaptativas y de supervivencia del mismo?

R.V: Es bastante interesante esta pregunta. Es ciertamente gracioso cómo algo en el papel totalmente alejado del modo empresarial acaba reflejando ciertos aspectos del mismo. Es decir, no existe la poesía comercial, no existe una industria de la poesía (más allá de para 80 autores en este planeta, de los cuales el 50% está muerto). La enorme mayoría de autores que publica poesía ahora mismo no va a recibir una remuneración monetaria derivada de esta actividad que podamos llamar considerable. ¿Entonces? ¿Entonces las personas que publican poesía a estas alturas del antropoceno lo hacen con una intención artística siempre, verdad? Pero luego te das cuenta de que existen toneladas de autores que escriben de manera idéntica a otros. La mayoría de la poesía de Instagram (que en Perú, a diferencia de España, no es nada comercial) es tremendamente parecida. Inclusive se podría mencionar lo mismo sobre otras escenas literarias…

Tal vez esto derive de una intención de protagonismo que aún está marcada fuertemente en la pretensión del Gran Autor, de algo así como el Rockstar de la poesía contemporánea. De las carreras a largo plazo y del éxito personal que tan presente se encuentra en la literatura de Autoayuda. ¿Qué quiero decir? En las plataformas 2.0, por ejemplo, con el contador de popularidad siempre a un lado, las carreras por los Me Gusta derivan en complacencia de parte de los autores. ¿No creen que estos autores se pasan la mitad del tiempo, más que escribiendo, revisando qué es lo que hizo que ese poema de Irene X o de Elvira Sastre recibiera tantos Me Gusta? ¿Si esta disposición fotográfica se parece a esa otra disposición fotográfica tan popular la semana pasada entre los autores comerciales españoles?

Lo mismo puede resultar de un lado letrado e incluso académico. Por ejemplo, la poesía femenina hablando sobre los temas trending de la academia sobre lo femenino (el ser mujer, las barreras de género, etc.). Creo que se podría hacer (sería un buen tema para una tesis) algún estudio sobre cómo los temas populares entre la academia repercuten en los temas de los poemarios publicados. Lamentablemente, esa adhesión de los autores a corrientes de popularidad (adhesiones que parten por el hecho de querer ser tan populares como esas corrientes) son la peor trampa para un artista. Quiero decir, tal vez lo que voy a decir en adelante va a sonar terriblemente cursi, pero creo que es en muchas variables cierto. Si bien hay actividades humanas que requieren ciertas formas de egoísmo para su éxito (por ejemplo, ser empresario), el arte o específicamente la poesía requieren un desprendimiento especial. El hecho de que un autor utilice sus poemas como una forma de ascender socialmente (como una validación personal) acabará atando su autoestima al éxito de sus publicaciones. ¿Podría existir una máquina de escribir mediocremente más grande que esa? Cada poema como una forma de decir “estoy aquí, estoy vivo, quiero que ustedes admiren que estoy vivo y me quieran tanto como yo quiero que me quieran”. Luego de esto el poeta no va a escribir más que con una medida complacencia. Y escribir con complacencia no es en absoluto algo similar a escribir “para los lectores”. ¿Realmente creen que todos esos poetas mediocres, que odian al mundo abiertamente y se declaran los mejores del siglo escriben para sus lectores, para nosotros? ¿Creen que personas así se sientan frente a su escritorio y piensan “ahora voy a hacer algo que realmente pueda parecer bello a los demás”? ¿No están demasiado concentrados en su misión de ser “Grandes Autores” o “Autores Reconocidos” como para simplemente utilizar la escritura como un modo de ser admirados?

En todo caso, veo a las grandes obras literarias escritas de la siguiente forma: bajo un impulso que redirige menos su proyecto hacia el mismo autor (y sus ganancias personales) como a lo que el autor decide que será a lo que se dirige estéticamente. Volviendo al contexto donde el artista poco puede esperar de la vida (de una remuneración, de vivir de su arte, etc.), escribir puede ser un acto de amor enorme. Una persona haciendo algo con pasión y entrega, siendo consciente de que lo más probable es que no reciba nada a cambio mientras se encuentra vivo. Siendo, literalmente, una apuesta al vacío. Sí, probablemente esto sea algo que espante a la mayoría (y sea también porque muchos busquen desesperadamente algún tipo de validación más instantánea), pero aquellos que se quedan luego de esa visión… probablemente tengan muy fuertes motivaciones para hacerlo. Y esas motivaciones que ya no derivan de una ganancia de algún tipo, son las que finalmente sacan de estas personas sus mayores capacidades de alquimia (dios, esto sí se puso cursi, ¿verdad?) artística, de transformar y llegar con su escritura a lugares que ni siquiera ellos mismos imaginaron en pos de expresar algo que determinaron. Un amor que se entrega y acaba por residir en cada uno de sus lectores. En una época de extremo interés personal, que estos proyectos aún existan son la muestra de que la naturaleza del hombre no es necesariamente egoísta-yoista, y más bien nos recuerdan esa visión comunal que todas las civilizaciones han tenido en algún momento. Que hay lugares donde las reglas del “vamos a hacer todo para hacer dinero” no tienen cabida ni función.

Plaza: Si el aparato teórico y crítico fuesen las gafas con las cuales se miran los textos, ¿qué elementos deben tener esas gafas -y cuáles no- para poder mirar “mejor” las escrituras de hoy? ¿Qué elementos de continuidad y discontinuidad hay en aquel “nuevo” sujeto poético que, en tus palabras, nace a partir de la poesía posconceptual norteamericana, la alt lit y las nuevas movidas mexicanas y españolas distribuidas a través de la red?

R.V: Hace poco revisaba un libro particularmente importante -de un autor particularmente necesario para analizar las últimas décadas de poesía peruana del siglo XX-, El Chico que se declaraba con la mirada, publicado por Roger Santivañez en 1988. Es un libro bastante hermoso –una sucesión de prosas medio narrativas acerca de la adolescencia del personaje entre conciertos de rock y primeros besos-. Pero una de las cosas de lo que no era consciente hasta hace poco era que es un libro también sumamente televisivo, imaginista a más no poder y probablemente el libro con más influencia pop en la larga trayectoria de este autor. Creo que lo valioso que hace la crítica literaria, desde su veta más académica/hermética a su lado más “amable”, es el reflexionar alrededor de una obra de modo que estas reflexiones resulten también como retos, tanto para el autor como para sus contemporáneos. Pequeñas iluminaciones/epifanías alrededor de los versos, o visiones particulares que nos hacen descubrir los textos de nuevo. La crítica efectivamente hace que el arte pueda ser (meta) consciente de sus logros como de sus contextos, y estos comentarios elevan la valla conceptual y técnica para las futuras producciones.

El problema con la crítica académica -teórica o como se le quiera llamar-, es que cae en ciertos puntos comunes que parecieran increíbles a estas alturas. Es decir, siendo sinceros, ¿cuántas veces han leído alguna aproximación a lo pop, la cultura audiovisual y su influencia sobre la vida de las personas, que no sea una pretendidamente incómoda aproximación inquisidora y acusatoria sobre cómo tal autor se arrodilla frente al capitalismo, los Estados Unidos, etc., etc.? Es algo en que caen grandes y pequeños, sin duda alguna. En Perú y Latinoamérica (salvo algunos ecosistemas académicos muy específicos), el debate sobre lo pop y nuestras vidas sigue postergado. Volviendo al libro de Santivañez, un autor que en todas sus medidas es un Poeta Reconocido (ok suena sumamente presuntuoso pero asumo que se hacen la idea), que ha recibido toneladas de reseñas en revistas como en tesis, la mayoría hablando de cómo la poética de este autor capta “las fracturas ideológicas (la violencia interna del Perú de los 80s, los efectos en el individuo de una sociedad desideologizada, etc, etc.)”. ¿Cómo es posible que nunca en mi vida haya leído una sola reseña sobre Roger Santivañez como un autor influido por la cultura pop y cómo sus libros de los 80s y 90s son tremendamente poemarios-televisión?

Por supuesto, el hecho que la crítica literaria se tome en algún momento en serio el efecto de la cultura audiovisual-pop en nuestras vidas tiene una importancia más allá de ir a la moda. La literatura norteamericana de los 90s, por ejemplo, y su fijación extrema con la televisión no significaron una claudicación objetiva. Fue más bien un aparato de reflexión y deconstrucción de escenarios que, por mucho que neguemos, nos afectan como seres humanos. Ese es el problema de postergar este tema. Una Literatura que reflexione sobre lo pop es también un lugar para hacernos conscientes sobre qué podemos hacer al respecto de estas estructuras de imágenes y virtualidad. Internet y el arte pop pueden ser extraordinariamente auto referenciales (y existen sitcoms enteras que basan su atractivo en ello), pero ese apuntarse el rostro no es algo que haga a estos productos culturales menos poderosos: al contrario, los hace omnipotentes. La Literatura podría ser un lugar donde recuperarnos de la vulnerabilidad que nos provocan estos medios y su aplastante velocidad. Darnos la posibilidad de observar detenidamente los engranajes de los que dependen ya no solo las estructuras de las series que vemos tumbados en nuestros celulares, sino las cosas que consideramos bellas, la forma en que hablamos y hasta en cómo pensamos.

Plaza: Desde el debate sobre “lo sentimentalito” que se dio en el Perú hace un tiempo, ¿sientes que la crítica tradicional ha cambiado en algún grado su visión de lo que considera valioso? En su defecto, ¿cuál crees que es el efecto de sub25 en el campo cultural?

R.V: Creo que el problema con la crítica tradicional peruana es que es muy poco reflexiva como para haberse movido un ápice a pesar de que algo realmente importante como lo sentimentalito sucediera en sus narices. Es decir, realmente hay muy pocas personas genuinamente inteligentes entre las eminencias grises de este país capaces de detenerse un segundo y asumir un pensamiento como: “Creo que la mayoría de herramientas, teorías o simplemente formas de pensar acerca de un tema en específico que aprendí hace veinte años para acercarme a la realidad, ya no son las mejores formas para acercarme a esta (nueva?) realidad”. En una de las últimas ediciones de Hueso Húmero (probablemente una de las revistas de crítica literaria más importantes y longevas de este país) se publicó una conversación muy penosa entre el equipo de Hueso Húmero (léase Mirko Lauer/Montalbetti) y Jorge Frisancho, poeta y crítico de reconocimiento entre los lectores y la academia. Bastante penosa porque el interlocutor se unía a esa cada vez más larga lista de críticos “llorones” sobre la relación entre poesía e internet o literatura e internet (esa versión donde la poesía será finalmente aplastada por la mercadotecnia, inclusive en un país con autores contemporáneos sumamente observadores de su tradición y con una intención ilustrada, la introducción de estas tecnologías/ herramientas no tiene otro destino más allá del de una distopía neoliberal). Todo esto + los típicos pedidos a la poesía joven de funcionar como colectivos y movimientos de hace 40 años. Soy lo suficientemente consciente de que cuando esto se lea los lectores pensarán que quiero evocar el típico versus de poetas jóvenes/poetas viejos que no los entienden. Quisiera en ese caso ser un poco más específico: el problema de personas como el comité de Hueso Húmero no solo parte de su miopía sino también de nosotros mismos (los autores contemporáneos). Parte también de nuestro empecinamiento en pensar que ellos tienen algo que decir al respecto. Sí, obviamente se puede presumir que personas que han pasado más de 50 años dedicados a leer, publicar y criticar poesía debieran tener algo importante que decir, sin embargo, esto no es una credencial. Ahora bien, autores como Montalbetti, Lauer o Frisancho no son (y no he querido decir en absoluto en las últimas líneas) tontos, viejos, inútiles u obsoletos; son realmente personas muy inteligentes. Su problema es mucho más banal y propio de nuestras pequeñas desgracias como seres humanos y que nubla sus certificadamente buenos cerebros hacia lo obvio y lo predecible: son asquerosamente tercos.

El efecto de lo sentimentalito y de sub25 se halla principalmente en los autores y críticos contemporáneos que están dando sus primeros pasos ahora mismo. Creo que sería injusto adjudicar estos méritos exclusivamente a la revista que dirijo, sino más bien a una extensión de golpes y escenas que empezaron a solidificarse a inicios de los 2010s. Ese influjo es el de un poderoso: “¡pero esto también se puede hacer así! Creo que sin la revuelta sentimentalita ni siquiera los tímidos intentos de letrados en plataformas de difusión masiva como Youtube o Instagram existirían. Tendrían un signo de no-seriedad encima mucho mayor. Poco en realidad se podría decir ahora sobre el futuro de estos efectos dominó/mariposa. Creo que son una oportunidad (por varias de las razones que he expuesto en las anteriores respuestas) que debe sí, analizarse con cuidado por personas que estén dispuestas tanto a reflexionar cómo a aprender de lo que sucede delante de ellos.

 

Entrevista realizada por: Aned Ladino, César Salgado, Julio Barco, Natalia Chávez, Maude Havenne, Fernanda Martíne y Juan Ignacio Chávez.

[Roberto Valdivia (Lima, 1995). Dirige la revista Sub25 (www.poesiasub25.com) Ha publicado los poemarios [MP3]. (Editorial Gigante, Entre Ríos, 2014) el poemario virtual Salinger (www.salingerpoesia.tumblr.com) y Poemas Tristes para chicos Tristes y chicas Sinceras (C.A.C.A Editores, 2019)]

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