Migraciones. Por Gwen Kirkpatrick

 

Los términos son casi infinitos, incluyendo casi todas las palabras que indican movimiento, voluntario o involuntario: Peregrinaje, exilio, éxodo, emigración, inmigración, desplazamiento, cruzada, cimarronaje, épica, viaje, colonización, descolonización, arrancar, desenraizar, destierro, extirpar, etc. Algunos de estos términos hoy se asocian con actos religiosos, políticos o catástrofes naturales.

Tal variedad de nombres, sin embargo, puede diluir hasta la insignificancia el tema que nos preocupa. En el último año, hemos vistos fotos terribles de nuestro mundo: los Rohinga expulsados y las mujeres esclavizadas por ISIS, los barcos de África y Siria peligrosamente sobrecargados, los barcos llegando a cualquier lugar del norte del Mediterráneo o hundiéndose en el intento; adolescentes centroamericanos viajando en el tren “La Bestia” desde México hacia Estados Unidos, unos arriba del techo del ferrocarril y otros en los costados, sujetándose apenas con los dedos de las manos y los pies; una niña llorando en la frontera de los Estados Unidos, asustada por la amenaza de separarse de su madre; los rostros de los niños atónitos, traumatizados por el paso imperturbable de los días, semanas y meses detenidos en los campamentos de la frontera de los Estados Unidos, campamentos que más bien parecen prisiones; venezolanos de camino a Colombia o queriendo ir aún más lejos, acarreando niños sobre los hombros y alguna bolsa con pertenencias donde les cabe una vida en pedazos.

Estas fotos que incitan shock, rabia o piedad, son las imágenes violentas de una marcha mundial que sigue apareciendo en los diarios. A la vez, vemos ciudades convirtiéndose en megaciudades por la migración interna o externa (la Ciudad de México y Sao Paulo en América Latina y muchas otras más en Asia). También observamos la migración interna y externa a otras ciudades que no son megaciudades como Lima, Buenos Aires, Caracas, Recife, Cochabamba, Barranquilla, Santiago de Chile, Los Ángeles y Dallas. Debido a la llegada de olas migratorias, estas ciudades crecen sin parar y agregan capas precarizadas en las afueras, llamadas pueblos jóvenes, villas miseria, callampas, invasiones, favelas o simplemente monstruos. En este proceso, Brasil fue uno de los primeros países en la masiva urbanización: las sequías del Nordeste hacían imposible la vida allí y sus habitantes comenzaron el largo viaje a ciudades como Recife, Rio de Janeiro, Sao Paulo, Brasilia y la Amazonía. En otros países, las guerras civiles, las reformas agrarias, la modernización y la poca competitividad de la agricultura, entre otros factores, empujaron los del ‘interior’ a las capitales y a otras ciudades más grandes, borrando en el proceso muchas de las costumbres culturales que son precisamente los rasgos sobre los cuales se han construido las narrativas nacionales. Cuesta creer el dato estadístico de que Colombia tiene uno de los porcentajes mundiales más altos de ciudadanos desplazados de su propio país. La mayoría de ellos, probablemente, nunca volverán al lugar de sus antepasados.

La extrema urbanización ya es parte de la historia de América Latina. Abundan las historias sobre el origen múltiple de sus habitantes. Vemos que los músicos andinos, los skiuris, ya están en muchas grandes ciudades no andinas. Presenciamos la publicidad en criol haitiano en Chile, restaurantes peruanos en todas partes, la cambiante etnicidad o nacionalidad de las “nanas”: peruanas, bolivianas, mexicanas, dominicanas, paraguayas, guatemaltecas, salvadoreñas. Según el país que las emplea y la última ola de migración. América Latina exporta a su gente e importa también a la de otros países, en una gran combinatoria o kaleidoscopio de infortunios, necesidades, pérdidas, y a veces de aciertos.

Lo mismo se ha repetido hasta cierto punto en los Estados Unidos, aunque el urbanismo está menos marcado. Incluso se dice que los norteamericanos nos mudamos ahora con menos frecuencia que antes. Sin embargo, hay que migrar hacia donde hay trabajo, comida y menos violencia. Esta es la verdad para todos. En mi caso, para dar un ejemplo menor y no muy dramático, una década después de graduarme del colegio en Alabama, me di cuenta de que más de la mitad de mi promoción se había mudado a Atlanta, ciudad grande en el estado de Georgia, el centro regional de la economía del Sureste de los EE.UU.

Todos los días me asombra lo que leo en los diarios. Nunca falta la foto de migrantes en situaciones miserables en algún lugar del mundo. Personas ahogándose en el mar Mediterráneo o en el mar Caribe, escalando muros de alambre (como en Melilla) o muriendo en los desiertos del suroeste de los EE.UU, donde los cuerpos migrantes desaparecen rápidamente gracias al calor extremo y a los animales como los buitres.

Estamos todos implicados. Tarde o temprano se emigra. Así como es posible que los españoles no se hayan acostumbrado a los “sudacas”, también es posible que los ingleses no se hayan acostumbrado a los polacos, ni los portugueses se hayan acostumbrado a los brasileños o africanos, ni los italianos a los albanos o tunecinos, ni los estadounidenses a los latinoamericanos o asiáticos. Sin embargo, también es indudable que en algunos casos los residentes más antiguos han aceptado e, incluso, han dado la bienvenida a los migrantes que, en contraste con ellos, son menos afortunados.

Para dar un ejemplo, hace pocos años Héctor Tobar, periodista de Los Angeles Times y también novelista, escribió un libro llamado Translation Nation basado en una serie de entrevistas realizadas durante viajes a lugares poco conocidos de los EEUU, donde vivían grupos de migrantes latinos, especialmente mexicanos. Digo “hace unos años” porque ahora no creo que Tobar encontraría a tantos migrantes abiertos a entrevistarse. Hoy en día es menos probable que se publique este tipo de libro. Tobar no sacó conclusiones finales sino que exploró toda la gama de convivencias amenas, hostilidades y relaciones negociadas entre los habitantes más antiguos y los recién llegados. Al trazar un recorrido más realista que el dramatismo que exigen los diarios, Tobar encontró cierto realismo de parte de muchos ciudadanos de los Estados Unidos, hispanos y otros, frente a los migrantes de estatus legal o no. Algunos reconocían que muchos de los migrantes hacían trabajos que otros no iban aceptar, que aportaban a la economía local con sus compras y pagos de alquiler, y que muchos buscaban, como ellos mismos, las condiciones para poder vivir pacíficamente en familia y proveer a sus hijos un futuro mejor que el suyo. En este sentido, Tobar cuenta algunas historias de intercambio, tanto amigables como hostiles. Seguramente en otros rincones del mundo podríamos encontrar historias de todo tipo.

Aunque escuchamos menos sobre los países de tránsito, resulta que ellos, especialmente Libia, Grecia y Turquía, han experimentado enormes presiones por la llegada de migrantes buscando cruzar el Mediterráneo. Aunque parezca increíble, la Unión Europea ha pagado 6 mil millones (6 billones) a Turquía para retener a los migrantes que llegan al Mediterráneo. Allí están estos país, como fuera de vista, y para los ciudadanos de la UE se ha ido reduciendo el shock de la llegada masiva de migrantes en sus ciudades. Italia ha hecho un acuerdo específico con Libia para que esta última impida los viajes en barco desde sus puertos. Así se ha hecho aún más difícil y más peligroso el viaje por barco. Por supuesto, la UE no tiene control sobre los métodos usados por las autoridades en Turquía y Libia, por lo que evita dar observaciones oficiales.

En la actualidad México se ha convertido en un país de tránsito para muchos, pero en especial para los centroamericanos. México, antes considerado un país de tránsito libre, ha sido presionado por el presidente Trump a militarizar sus propias fronteras, de modo que ahora policías y soldados mexicanos han estado ayudando a los EE.UU en sus esfuerzos para limitar la entrada. Entre otras amenazas, a López Obrador le avisaron que nunca se iba a finalizar el tratado de comercio norteamericano si no cumplían con ese rol. Y resulta, según una encuesta de México, que el 64% de los mexicanos ahora está de acuerdo con bloquear el número de migrantes. Como dice Antonio Ortuño, el autor del artículo (“Mexicanos al grito de Trump”, El País 30 de junio de 2019), “[E]l endurecimiento de las políticas migratorias ha alcanzado un curioso consenso”, lo que es curioso en un país que se celebra como hospitalario y con tránsito libre. México recientemente cumplió el aniversario número 80 de la recepción de los primeros refugiados de la Guerra Civil Española. A la vez, es uno de los países con más migración al exterior. De hecho, se dice que hay 12 millones de mexicanos que viven en los EE.UU, sin contar los que se identifican de origen mexicano. Dice el mismo autor, “Las mafias de traficantes de personas, las bandas criminales en general, los cuerpos de seguridad corruptos y una legión de funcionarios indignos han convertido el tránsito a través de México en un calvario para los centroamericanos, sudamericanos y caribeños que buscan llegar a EE.UU”. El discurso sobre el migrante se ha venido transformando: ahora es criminal y no víctima. Obviamente esto no es un fenómeno mexicano, pues así ha ocurrido en casi todo el mundo.

Todos sabemos que se han criminalizado muchos aspectos de la migración, no solo en México y en los EE.UU. No solo Trump, sino líderes como Matteo Salvini en Italia, el Partido Vox en España, Marie LePen en Francia, y otros movimientos nacionalistas en Europa, como el de Hungría o el empuje de Brexit (“Inglaterra para los ingleses”) señalan que la narrativa dominante sobre la cooperación progresiva entre países (como la de la Unión Europea) o la narrativa de los tratados multilaterales, puede ser fácilmente socavada por el peligro percibido del migrante ‘otro’. El presidente Trump ha quitado los velos del discurso anti-migratorio racionalizado, sin dar argumentos más aceptables. Dijo claramente que los migrantes de “shithole countries” (mayormente de América Latina, el Caribe y África) son personas sucias, de pocos méritos, con un alto porcentaje de asesinos, violadores y traficantes de drogas. Sin duda, dentro de los migrantes es probable que haya criminales, como también dentro del país que los recibe. Pero la escalada en los discursos opositores da poco lugar para un realismo funcional frente a las necesidades de las personas desterradas. De esta manera, se va convirtiendo la historia de la migración en un relato abyecto, torcido por los medios de comunicación y discursos políticos de corte anti-migratorio que buscan tomar ventaja a partir de las ansiedades y temores de la población nacional.

Mencioné antes el libro de Tobar porque me parecía realista comparado con lo que se ve actualmente en los medios masivos de comunicación. Todos los días recibimos textos, imágenes e historias, pero también encontramos a individuos en la calle que nos hablan de lo que está pasando en estas migraciones.

La crónica de Fernanda Melchor, periodista y novelista veracruzana, Este no es Miami, fue publicada en 2013 en una colección del mismo título. En 2019 habló de sus libros (y de algunos de los temas que trabaja, como el femicidio y la violencia). En entrevista para Universo UV señala que “Veracruz cambió muchísimo y el cambio más fuerte fue a partir de 2007 y 2008, poco después de que el gobierno decretara la guerra contra el narco. La ciudad cambió de cara y sus habitantes de carácter, la gente ya no es como solía ser. Antes las personas salían y realizaban muchas actividades en la calle y ahora ya no quieren, prefieren quedarse en sus casas por miedo a ser asaltadas o quedar atrapadas en medio de una balacera; el miedo colectivo invadió a la sociedad jarocha”. En otros lugares la autora ha hablado de una “indigencia emocional” como resultado de las amenazas de la cotidianidad de la vida en México. Esta crónica o relato, cuyo título parece prometer una dosis de humor, tiene que ver con la llegada de migrantes dominicanos escondidos en un barco que arriba a Veracruz.

La policía allí descubrió a muchos polizones, mayormente mujeres y ancianos, que no tenían la fuerza física para esconderse debajo del muelle. La policía les herían las manos y los pies para que no se agarraran a los percebes. La historia se cuenta desde la perspectiva de Paco, un joven obrero que tenía turno vespertino. Saliendo del agua, los dominicanos tenían una apariencia casi espectral, como fantasmas en la oscuridad, aunque sólo eran seres humanos harapientos, famélicos y muy heridos. Uno dijo con urgencia, “Dinos que estamos en Miami, por favor”. Al darse cuenta de que estaban en México, “Los rostros de los dominicanos se llenaron de congoja. Paco pensó que, de haber tenido líquidos suficientes en el cuerpo, se habrían puesto a chillar como críos”. Ellos habían contado las paradas del barco: Río Haina, Cristobal, Veracruz, y se prepararon para desembarcar en Estados Unidos, pero lo que ignoraban era que el barco se había detenido también en Kingston”.

Paco conversa con uno de los hombres que parece tener piquetes de insectos en toda la cara. Al escuchar su historia y verlo de cerca, se da cuenta que no son piquetes sino cicatrices de quemaduras de cigarrillos, señas de un pasado oscuro. El hombre cuenta: “Tú no sabes lo que yo he sufrido, pana. Mi padre tenía deudas y lo mataron, los mataron a todos cuando mi hermana y yo íbamos por el agua al río. Tú no sabes lo que es ver que están macheteando a tu papá, que están violando a tu mamá. Dejó escapar un gemido, con los dientes apretados. La violaron y la mataron y yo sin poder hacer nada”. Ahora la hermana está en Nueva York y ha visto allí al asesino. “Y yo nada más voy a eso; voy a matar a esos hijueputas, los voy a matar a machetazos como mataron a mi mai…”

Los obreros los llevan al baño para tomar agua y para esconderlos de la policía. Los compañeros desarrollan un plan para ayudarlos, pero el odio del hombre dominicano les da miedo. “Aquel hombre estaba lleno de rencor, de determinación asesina, y nada ni nadie lo haría abandonar su propósito: sería capaz de asaltar y hasta matar para llegar a su destino, si no es que ya lo había hecho en el trayecto”. Un compañero mayor lleva a Paco a un lado diciéndole, “Oye, ojitos, no le vayas a dar tus datos a ese hijo de la chingada… Mira, que se los lleven los choferes y que los boten allí por Puebla…” Paco responde, “¿Pero cómo vamos a dejarle entrar en México? Tú no sabes si van a matar o violar a alguien allí afuera…” En pocos minutos Paco ha cambiado de idea: Si antes les entregó su comida e inventaba planes para salvarlos, ahora le entra una resistencia a este grupo desplazado y al “rostro de la brutalidad y de la venganza” de un hombre específico. Paco, para evitar futuros encuentros de este tipo, decide que no trabajará más turnos vespertinos. Los últimos párrafos revelan las reacciones físicas y emocionales de Paco al enfrentarse a esta situación, pero no muestran conclusiones.

En la “Introducción” al libro, Fernanda Melchor cuenta que las crónicas aquí se basan en anécdotas reales, pero que se elabora el relato con ficción. La anécdota de Este no es Miami es complicada y socava las categorías del bien y el mal. El primer instinto de Paco es ayudar a los dominicanos desesperados, pero el miedo y el consejo de prudencia de un compañero mayor lo llevan a endurecerse. No es una prueba fácil, ni sabemos si escogió bien o no. Claro, la propaganda negativa contra los migrantes los pinta como asesinos y violadores, en tanto que el contradiscurso los pinta como mansos e inocentes. Muchas veces sabemos algo de la violencia o de la pobreza que los destierra, pero desconocemos las cicatrices que llevan adentro y afuera, y no podemos deducir cómo sobrellevarán los traumas que ya les han cambiado. Como ha dicho Melchor, “la historia no la cuenta la realidad, las cuenta el lenguaje humano, la memoria”.

Ahora quisiera reflexionar entorno a la novela del mexicano Yuri Herrera con su título bello Señales que precederán al fin del mundo (2010). En primer lugar, y desde el título, llama la atención la idea de “al fin”, pues puede significar dos cosas. En un sentido de lugar, al fin significa posterior, detrás del mundo, después de que este se acaba, en sus postrimerías, vale decir, señales que serán la antesala del término del mundo. Mientras que, en un sentido teleológico, “al fin” indica el propósito, el propósito de este mundo, en consecuencia, indica las señales (los gestos o signos) que mostrarán la finalidad de este mundo. En ambos casos, el encuentro de Makina con su hermano migrante, que se ha vuelto un soldado para el ejército estadounidense, abre más preguntas que las que cierra. La sobrevivencia asume aquí una contradicción, pues se huye del propio país para salvaguardar la vida y se termina dispuesto a dar la vida por otro país, que además tiene un historial de intervenciones sobre países latinoamericanos que ha causado mucha violencia. La sensación es de desazón, al fin del mundo, ya sea como lugar último o propósito, parece dar un sin sabor que desconoce una tierra prometida y también desconoce una teleología esperanzadora.

Leí la novela sin haber leído antes el ensayo de Herrera sobre su estructura y su composición. La trama central no es complicada. La madre de Makina, una joven que administra el único teléfono de su aldea (no funcionan los celulares), le pide que cruce “al otro lado” para buscar al hijo, el hermano de Makina, quien ha cruzado para buscar trabajo y que después de un par de cartas ya no escribe. Esa es la base argumental. Makina se prepara y, como le aconseja su mamá, busca la ayuda de unos señores influyentes, lo que se muestra en escenas insólitas que son casi como ritos de iniciación. Encuentra al Sr. Dobleú, al Sr. Hache y al Sr. Q, y luego emprende su viaje o su epopeya con su encargo por bus, encontrando peligros personales que vence. Precisamente, el peligro de dos jóvenes que piensan aprovecharse de una mujer que viaja sola. Después se encuentra con su coyote, que es el guía que la va a ayudar a cruzar. En estos momentos, al conocer a su coyote o guía, Chucho, nos damos cuenta de que estamos saliendo del terreno cotidiano y entrando en mundos de seres particulares, o al menos de seres dotados especialmente. Por la manera en que cruzan el pequeño río, uno piensa inevitablemente en Caronte del mito grecolatino, el barquero de la Muerte que nos ayuda a atravesar el Río Estigio del infierno. Aquí podemos recordar las primeras palabras de la novela, “Estoy muerta” (11). Al cruzar el desierto, Makina ve a una mujer embarazada debajo de un árbol, lo que le parece un buen augurio, pero al acercarse más descubre que “no era mujer…, era un pobre feliz hinchado de putrefacción”.

Al cruzar al otro lado, Makina descubre que allí hablan una lengua intermedia “con la que ésta (quizás como Gloria Anzaldúa) simpatiza de inmediato porque es como ella: maleable, deleble, permeable, un gozne entre dos semejantes pero con distantes almas y luego entre otros dos, y luego entre otros dos, nunca exactamente los mismos, un algo que sirve para poner en relación” (73). Si bien las primeras palabras de la novela “Estoy muerta” (11) nos recuerdan a Caronte del mito grecolatino, al conocer la historia del mito azteca se pueden ver las correspondencias míticas pero también otros mitos que funcionan de una manera semejante.

Makina, por su nombre, puede ser una Deus ex Machina o la que va fabricando la historia. Ella era el nudo de toda la información en su aldea por su trabajo como telefonista: todo pasaba por ella y manejaba tres “lenguajes”. Cuando es detenida por una patrulla de la policía fronteriza, empieza a escribir para responderles (y responde como una máquina, de una manera casi mecanizada, de un tirón, de un impulso, sin cavilaciones). Giovanna Rivero, en un estudio interesante sobre la novela, plantea que Herrera utiliza la ciencia ficción y lo fantástico con el fin de armar una nueva utopía para un México nuevo. Se basa en otros mitos no occidentales, como el de Mictlan y la Malinche, para construir el personaje de Makina. Uno no tiene que estar de acuerdo sobre el uso de los géneros literarios para compartir la idea de que la respuesta de Makina es una clave del libro: “Es en ese momento, cuando el indocumentado es expropiado hasta de su capacidad poética por la cual puede domesticar el horror del mundo, que Makina interviene y se erige mesiánicamente como una vía de salvación a través del discurso”. Toma el lápiz y el cuaderno del indocumentado y escribe, es decir, funda, hiende huella dentro del orden del innombrado, del indocumentado por el sistema social, y así, en este gesto, reorganiza la historia universal:

“Nosotros somos los culpables de esta destrucción, los que no hablamos su lengua ni sabemos estar en silencio. Los que no llegamos en barco, los que ensuciamos de polvo sus portales, los que rompemos sus alambradas. Los que venimos a quitarles el trabajo, los que aspiramos a limpiar su mierda, los que anhelamos trabajar a deshoras. Los que llenamos de olor a comida sus calles tan limpias, los que les trajimos la violencia que no conocían, los que transportamos sus remedios […] Los que quién sabe qué aguardamos. Nosotros los oscuros, los chaparros, los grasientos, los mustios, los obesos, los anémicos. Nosotros, los bárbaros” (109-110).

En su proclamación desafiante frente al policía de la frontera, Makina hace que la historia de las humillaciones que sufre el migrante pobre y el discurso hostil sobre la migración entren en colapso. Sí, sí, y sí, serviles y amenazantes, mansos y violentos, inocentes y culpables. “Los que no llegamos en barcos” es una clara referencia al hecho de que casi todos los de los EE.UU son descendientes de migrantes, “de barcos”, que es la única diferencia entre ellos y los que cruzan al otro lado.

La novela de Herrera, precisamente por ser poco realista, por mezclar el tiempo mítico con el tiempo actual, crea un espacio con otras posibilidades, un espacio donde “cruzar al otro lado” no tiene que incluir la expropiación, la abyección. No es una novela ingenua, de ninguna manera. Transforma los discursos y estereotipos conocidos sobre los migrantes pobres, especialmente los que conciernen a la mujer. Y hace una pausa, sin un desenlace final, porque no se sabe cómo sería este espacio de “cruzar al otro lado” si los relatos, efectivamente, pudieran cambiar.

 

BIBLIOGRAFIA

Cornejo, Antonio. “Una heterogeneidad no dialéctica: sujeto y discurso migrantes en el Perú moderno”, Revista Iberoamericana, Vol. LXII, Núms. 176-177, Julio-diciembre, 1996, pp. 837-844.

———Literatura y sociedad en el Perú: la novela indigenista. Lima: Centro de Estudios Literarios “Antonio Cornejo Polar”/Latinoamericana Editores, 2005.

Esch, Sophie. Modernity at Gunpoint: Firearms, Politics, and Culture in Mexico and Central America. University of Pittsburgh Press, 2018. JSTOR.

González-Viaña, Eduardo. Los sueños de América. Lima: Alfaguara, 2000.

Espezúa, Dorian. Las frutas a la licuadora: Perú chicha. Lima: Planeta, 2018.

Herrera, Yuri. Señales que precederán al fin del mundo, 1ra ed., Cáceres: Periférica, 2010.

Rivero, Giovanna. “Señales que precederán al fin del mundo de Yuri Herrera: Una propuesta para un novum ontológico latinoamericano”. Revista Iberoamericana, Vol. LXXXIII, Núms. 259-260, Abril-Septiembre 2017, 501-516.

Tobar, Héctor. Translation Nation : Defining a New American Identity in the Spanish-Speaking United States.1ra ed., New York: Riverhead Books, 2006.

The Warmth of Other Suns: Stories of Global Displacement. June 22-September 22, 2019, Phillips Collection in Partnership with the New Museum, Washington, D.C.

[Gwen Kirkpatrick es profesora titular del Departamento de Español y Portugués en Georgetown University, Washington, DC, desde 2004. Anteriormente (de 1982 a 2003) estuvo con la Universidad de California, Berkeley. Ha publicado sobre la literatura latinoamericana de los siglos XIX y XX, especialmente sobre la poesía y los estudios de género. Sus publicaciones incluyen libros y artículos sobre el modernismo, Sarmiento, Guiraldes, Lugones, Herrera y Reissig, Agustini, Storni, Vallejo, Eltit, Paz Errázuriz, y estudios de género. Ha servido en los consejos editoriales de varias revistas, incluyendo Latin American Research Review y la Revista de Crítica de Literatura Latinoamericana]

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